Lo que verdaderamente importa
Por Mtra. Fanny Omaña
Periodista | Especialista en Derechos Humanos | Educadora
Esta tarde de receso escolar me senté frente a la computadora con la intención de aprovechar el tiempo. Estudio un curso en línea sobre innovación social porque sigo convencida de que quien educa también tiene la obligación de actualizarse permanentemente.
Sin embargo, no lograba concentrarme.
Las líneas del curso dejaron de hablarme de innovación social. Comenzaron a confundirse con las imágenes, los testimonios y las noticias que esa misma tarde llenaban mi pantalla. Era imposible separar el aprendizaje de la realidad.
Intentaba avanzar en el curso, pero abría una ventana del material de estudio y, casi sin darme cuenta, terminaba abriendo otra en mis redes sociales. No era curiosidad. Era esa necesidad de entender el país que habitamos. Pero cada publicación parecía pesar más que la anterior, hasta el punto de impedirme volver al texto que intentaba estudiar.
Entonces comprendí que no era falta de concentración. Era el dolor de un país que irrumpía entre cada línea que intentaba leer, recordándome que hay realidades que no pueden ignorarse ni ponerse en pausa.
Una noticia llevaba a otra. Como si el algoritmo hubiera decidido mostrar, sin tregua, distintas formas del mismo dolor.
En San Luis Potosí crecen las preocupaciones entre periodistas y diversos sectores por iniciativas y debates relacionados con la regulación de contenidos digitales y el uso de la inteligencia artificial, al considerar que podrían impactar el ejercicio de la libertad de expresión. En Saltillo, la indignación nacional surgió tras el caso de Rocky, un perro de doce años que fue atropellado y arrastrado por una camioneta; la movilización ciudadana contribuyó a que el caso avanzara con rapidez y derivara en acciones judiciales contra la presunta responsable. Casi al mismo tiempo trascendía el suicidio de un maestro que enfrentaba una denuncia por presunto abuso sexual presentada por una alumna, un hecho que abrió un profundo debate sobre la presunción de inocencia, la responsabilidad institucional y las consecuencias del juicio social antes de que concluyan las investigaciones. Y desde Tamaulipas llegaba otra noticia devastadora: la muerte de Dafne Zapata, de 13 años, cuyo caso es investigado por la Fiscalía como feminicidio y ha despertado una profunda exigencia de justicia.
Historias distintas.
Víctimas distintas.
Dolores distintos.
Pero todas tenían algo en común: si la sociedad no hubiera conocido estos hechos, difícilmente habría existido una exigencia colectiva para pedir justicia.
Ese pensamiento me acompañó durante toda la tarde.
Paradójicamente, mientras en distintos espacios se discuten mecanismos para regular contenidos, controlar plataformas digitales o establecer criterios para el uso de la inteligencia artificial, son precisamente los medios de comunicación y las plataformas digitales los que hoy permiten que miles de ciudadanos conozcan hechos que, hace apenas algunos años, quizá nunca habrían alcanzado la atención pública.
No afirmo que las redes sociales sean perfectas.
Están llenas de desinformación, de juicios precipitados y de discursos de odio.
Pero tampoco podemos ignorar la otra cara de la moneda.
Hoy se han convertido en una poderosa herramienta de vigilancia ciudadana.
Cuando funcionan con responsabilidad, permiten que una comunidad observe, documente, cuestione y exija. Permiten que una agresión contra un animal deje de ser un expediente olvidado; que la muerte de una adolescente no pase inadvertida; que un hecho que conmociona a una comunidad sea investigado bajo el escrutinio público; y que las decisiones de las autoridades sean observadas por miles de ciudadanos.
La información, cuando se ejerce con ética y responsabilidad, no reemplaza a las instituciones.
Las fortalece.
Las obliga a actuar.
Las obliga a rendir cuentas.
Quizá por eso resulta tan delicado cualquier intento que pueda debilitar el ejercicio libre del periodismo o limitar el derecho de la sociedad a mantenerse informada. Una democracia necesita reglas para el uso responsable de las nuevas tecnologías, sí; pero necesita todavía más periodistas capaces de investigar, ciudadanos dispuestos a verificar y autoridades abiertas al escrutinio público.
Porque el silencio nunca ha protegido a las víctimas.
La indiferencia jamás ha construido justicia.
El desconocimiento únicamente beneficia a la impunidad.
Esta tarde intenté estudiar innovación social.
Al final comprendí que la innovación social no siempre nace en un aula o en una plataforma educativa.
A veces comienza cuando una sociedad decide no pasar de largo frente al dolor ajeno. Cuando convierte la indignación en solidaridad, la información en participación y la participación en una exigencia firme de verdad y justicia.
Esa es la innovación que transforma comunidades.
Esa es la ciudadanía que fortalece la democracia.
Porque, al final, lo que verdaderamente importa es defender el derecho de la sociedad a saber. Porque una sociedad que deja de conocer la verdad termina acostumbrándose a la injusticia. Y el día que eso ocurre, todos perdemos un poco de nuestra libertad.





