Tras prolongada y dolorosa agonía murió Jesús este viernes.

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* Paro cardiorespiratorio la causa.

Toño Martínez

A consecuencia de un paro cardiorespiratorio y luego de una atroz agonía, falleció la tarde de un día como hoy viernes el Señor Jesús de Nazareth, a la edad de 33 años.

El colapso sobrevino luego de una serie de heridas y fracturas que sufrió en el cráneo, frente, tórax, espalda producidas por un látigo cuyas tiras de piel remataban en huesos y bolas de plomo en la punta, que utilizaron sus captores para azotarlo.

También padeció horribles infecciones por las lesiones y las espinas de una corona de ramas que pusieron sobre su cabeza provocándole hemorragias internas por vasos sanguíneos reventados.

Fue tan infame el castigo que los músculos del cuerpo, sobre todo espalda y brazos, quedaron convertidos en una masa sanguinolenta de carne que colgaba en tiras tras los latigazos. Frente a esa inenarrable escena de tortura una multitud frenética coreaba cada golpe, lo insultaban y se burlaban.
Pero, me pregunté cuando supe la captura de un inocente que fue detenido y sometido a toda clase de abusos sin previa investigación y nada más con base en dichos y sentenciado a morir en una cruz, proceso que utilizaban los romanos para ejecutar a los peores criminales, que había hecho ese hombre cuyos antecedentes no tenían mancha alguna, ningún acto violatorio de la ley, nada; al contrario, su carpeta de servicios era impecable y en cada renglón solo contenía una entrega fuera de lo común al servicio de los demás sin distingos de ningún tipo, solo hablaba de amor y unión. Se había caracterizado en tres años de caminar por las regiones de Israel por convocar a la hermandad de razas, ricos, pobres, hombres mujeres; que exaltaba la riqueza del espíritu por encima de los bienes materiales; capaz de abrazar a enfermos de lepra y provocar sanaciones asombrosas de males físicos, mentales y emocionales detonando esa misteriosa energía innata en cada ser humano llamada fe.

Los testimonios a favor de aquel hombre de 1.80 metros de estatura, delgado, de pelo largo y vestimenta sencilla, que con solo mirar a sus ojos y escuchar sus palabras inundaba de paz, callaron y si acaso hablaban para acusarlo de hechicería.

Se trataba de un ser extraordinario, un ente de luz y sabiduría, la mas excelsa representación de un estado superior de la evolución humana, equiparable – con su debida distancia – a lo que la corriente New Age define como un espécimen de progreso espiritual, ético y moral únicos.

Poseía Jesús Cristo, los dones y cualidades que lamentablemente, por su misma superioridad a lo común generó envidias y recelo del mediocre, de esos seres envilecidos por las más bajas emociones humanas, hundidos en el extravío del poder y dominio de los demás; amantes de la avaricia, ambición y obsesión por la riqueza que lo vieron como una amenaza a su mundo de pecado y de maldad, mientras que aquellos que se decían sabios no le perdonaban exhibiera su desviada miseria intelectual «de servicio a Dios»,
ahora entendí.

Por ello siendo inocente Jesús no tuvo defensor; todo conspiró en su contra; el tribunal que lo juzgó estaba integrado por sus mismos enemigos, no había imparcialidad y en el colmo aquellos que formaron su acompañamiento para difundir el mensaje Bartolomé, Santiago el Menor, Andrés, Judas Iscariote, Simón Pedro, Juan, Tomás, Santiago El Mayor, Felipe, Mateo, Judas Tadeo y Simón El Zelote se habían escondido, por miedo a ser también apresados y crucificados.

Uno de ellos, precisamente, Judas Iscariote, a pesar de haberle jurado lealtad y compartido con Cristo y los demás la última cena que fue la despedida previa a su pasión y muerte lo traicionó y por 30 monedas lo entregó a los soldados del emperador Poncio Pilatos para que lo juzgara, pero éste, habilidosamente dejó esa responsabilidad a los judíos.

Lo que siguió después fue una extensión peor del martirio al inocente porque lo hicieron cargar sobre su destrozado cuerpo la cruz que pesaba alrededor de 80 kilos sobre un camino empedrado hasta el Cerro del Golgota dónde lo clavaron de las muñecas y los pies en el madero, hundieron la punta de una lanza en el costado derecho, le dieron una esponja impregnada en vinagre cuando pidió agua.

Además de los espantosos dolores, Jesús no podía respirar porque le habían fracturado el tabique nasal con un garrote.

Al pie de la cruz en medio de los ladrones Dimas y Gestas también crucificados, solo estaban María su madre, María Magdalena y María de Cleofas.
Jesús batallaba para respirar por lo fragmentado de la nariz, la hemorragia y la postura del cuerpo colgando de los brazos.

La sangre no le permitía ver con claridad.

Tras pronunciar sus últimas palabras y encomendar su espíritu, a su padre, expiró.

Cómo humano murió, pero afirman los testigos, sobre todo las tres Marías cuando acudieron a su tumba al domingo siguiente, que ya no estaba.
Más tarde resucitado apareció ante sus discípulos y se produjo otro misterio asombroso cuando frente a ellos se elevó al cosmos atraído por un rayo.
A María su madre, a sus discípulos, a los millones de personas que lloran la muerte del hijo de Dios, mi pésame, pero también un aplauso espiritual por el milagro y herencia de su resurrección.

Ese ser dejó un legado incomparable al Mundo; que por amor a la humanidad fue capaz de llegar al extremo de sacrificar su vida.

Me preguntó, ¿Por qué no reaccionamos y buscamos la reconciliación y paz? ¿Por qué al contrario buscamos destruir la vida que nos regaló y la tierra donde nos puso que es un excepcional regalo?