MEMORIAS DEL PORVENIR

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México de pobreza e inevitable violencia

Javier Zapata Castro

La familia estaba formada por papuyo, mamuya y un titipuchal de chiquillos. Lo de papuyo y mamulla era la costumbre cariñosa con la que los niños se dirigían a sus papas. Hasta 8 pequeños se contaban en esa familia, en edades que iban desde 1 hasta los 12 años.

De ahí que dentro de la casa, construida parte con adobe, otro tanto de carrizo y el techo de palma, se pudiera ver a niños trepando, gateando, peleando, durmiendo, llorando… En fin, 8 infantes entre 4 paredes bien que nos pueden regalar una imagen surrealista…

Todas las casas de la comunidad tenían 3 tipos de cama, propias para nacer, dormir, reproducirse y morir; consistentes en la cama principal hecha de adobes con almohada del mismo material, unas covachas pequeñas del tipo que los coyotes construyen en el monte, y el rebozo amarrado en el rincón, sirviendo de cama, cuna, o hamaca, al más pequeño…, sin faltar en ninguno de estos tres espacios el colchón de paixtle, abundante, para suavizar lo que pudiera estar duro.

Un tablón servía de mesa y las sillas se diferenciaban por ser un bote o una piedra. Entre 10 y 11 de la mañana se almorzaba, y de 5 a 6 de la tarde se comía ? cuando había. Mamulla repartía tacos a diestra y siniestra, sintiendo que ahí no había un titipuchal, sino dos titipuchales de hijos.

Esta familia vivía en un pueblo de la zona media, ahí en donde Horacio Sánchez de Nava, en sus tiempos de gobernador, emocionado por la miseria observada ?o sabrá Dios por qué razón?, dijo enfáticamente que “…sus hijos pasarían las vacaciones escolares, año tras año de su gobierno, en esas comunidades dejadas de la mano de tantos gobernantes”, y puntualizó que

“…lo haría para que los niños aprendieran de la cultura de su propio pueblo, hablaran su lengua, junto con la castilla, antes que algún idioma extranjero”.

Hasta donde se vio, esto no paso de ser una hablada. Pero en la trascendencia del hecho, como decía mi abuela: “Eso, ¿qué remedia?”. ¿Qué remediaba, pues, para los pames el que los hijos del gobernador vacacionaran en su pueblo?

Ya de siete años para adelante había que entrarle al monte a tumbar pitaya ?cuando la había?. La punta de un carrizo largo se abría en 3 partes, atoradas con una piedra y así se arrancaba la fruta sin que esta cayera al suelo. La pitaya se ponía en un colote que nunca se llenaba, por razón de que los otros familiares caminaban atrás de los piscadores, y con una varita quitando las espinas pelaban y engullían el fruto rojo, fresco, antes de que el sol le besara. Hartura de pitaya que comes todo el santo día, que ni de beber agua te acuerdas.

Otras dos ocasiones de buen comer se presentaban, y presentan en la vida de este y de tantísimo pueblo… De pronto, cuando se va caminando rumbo a las tierras de labranza ?siempre muy alejadas de la comunidad?, vez en tu camino la huella de algún animal de monte, tejón o venado, igual de ratas o ardillas, pero esas tienen poca carne. No, venado o tejón hablan de llenadera….

Y, por ahí, a un ladito de la casa, envuelta en plástico, enterrada esta la escopeta, se acostumbra seguir un rato el rastro. Y por la noche desenterrar el arma y preparar la antigua lámpara de minero. Esta se porta en la cabeza… Y ahí vas en la noche de regreso a levantar el rastro, con la lucecita blanca que hace brillar los ojos del animal que te quieres comer.

Cuando el venado o tejón se dejan matar, la prolífica familia de “de todos modos Juan te llamas”, contra lo que se pudiera creer, solo come algún taco de carne. Llevados por hambre antigua sancochan una tira de pierna, pero

no pasan más de tres horas y toda la familia se encuentra dormida, roncando, como si un rayo los hubiera fulminado…

Sus estómagos no están acostumbrados a digerir carne, pero que sabroso y llenador es. Primero comer pedacitos enteros y luego masticar y masticar. Afilar una varita para quitar la que se atora entre los dientes. Para los más pequeños, un caldo y la blandura de las vísceras.

Otra de las ocasiones en donde la tribu de Juan cambiaba de rostro y hasta dejaban oír su risa se daba cuando el tesoro de una colmena era descubierto… Alguno de ellos veía por ahí a una avispa, lo comunicaba, y el área se sometía a observación militar ?en ocasiones por meses completos?. Y cuando se descubría la colmena, se daban a la tarea de juntar hojas, verdes y secas, se prendía la fogata agregando pirul y apestosilla.

No hay, en esas circunstancias, uno solo que se escape de ser picado. Pero la miel es otra cosa… Si bien la carne llena la panza, aletarga y hace dormir…, la miel empalaga y después de probarla ya nada sabe igual. Mañana o pasado se ordeña, sacando cera para la velita del santo y también para sobarse con ella las adoloridas coyunturas…

Para quienes nacieron, crecieron y viven en la ciudad esto no existe. En verdad que no tienen conocimiento de ello. Les suenan extrañas las realidades de ese México, para ellos desconocido, pero esta realidad es factor detonante en México.