LO QUE VERDADERAMENTE IMPORTA
Por Mtra. Fanny Elizabeth Omaña Castellanos
Esta mañana observé algo que comienza a volverse cotidiano en las escuelas: teléfonos guardados mientras inicia la clase. Por unas horas, la pantalla deja de competir con la voz del maestro, con el cuaderno, con la conversación entre compañeros. Parecería una batalla ganada. Pero entonces pensé en lo que sucede cuando suena el timbre, termina la jornada y esos teléfonos regresan a sus manos. ¿Quién los acompaña entonces?
Podemos sacar el celular del aula. Lo que no podemos hacer es sacar de la vida de nuestros adolescentes el mundo digital en el que ya habitan.
En San Luis Potosí, el Congreso aprobó el pasado 30 de septiembre una reforma al artículo 60 de la Ley de Educación del Estado para restringir durante la jornada escolar el uso personal y no pedagógico de teléfonos celulares y otros dispositivos electrónicos en educación básica, manteniendo excepciones para fines pedagógicos, emergencias, salud y ejercicio de derechos.
La medida puede favorecer la atención, el orden y la convivencia. Pero creer que guardar los teléfonos resuelve el problema sería confundir el objeto con el desafío. Porque el verdadero problema no cabe en una mochila.
De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH), el porcentaje de personas de seis años y más que utiliza internet en México pasó de 57.4% en 2015 a 86.1% en 2025. No estamos hablando simplemente de niños que utilizan tecnología. Hablamos de generaciones que también aprenden, se relacionan, se comparan, buscan aprobación y construyen parte de su identidad frente a una pantalla.
Y mientras discutíamos qué hacer con el teléfono dentro de las escuelas apareció una pregunta todavía más seria: ¿Qué hacemos con lo que entra por ese teléfono?
El pasado 14 de octubre, el Gobierno federal firmó el Decreto de entornos digitales seguros para niñas, niños y adolescentes, que establece obligaciones para las plataformas digitales en materia de protección frente a determinados contenidos perjudiciales, clasificación por edades, verificación de edad, privacidad y herramientas de supervisión para madres, padres y tutores. Es necesario. Pero no basta.
La escuela puede restringir. El Estado puede regular. Las plataformas deben proteger. Pero ninguna de esas tres cosas sustituye a un adulto presente. Un algoritmo no sustituye una conversación. Una contraseña no reemplaza un límite. Una prohibición no desarrolla criterio.
Por eso ha llegado el momento de dejar de preguntarnos solamente cuánto tiempo pasan nuestros niños frente al teléfono y formularnos una pregunta mucho más incómoda: ¿Qué están encontrando nuestros niños detrás de esa pantalla mientras los adultos hemos dejado de mirar?
No se trata de revisar cada conversación ni de convertir el hogar en otro espacio de vigilancia. Los niños y adolescentes también tienen derecho a su intimidad. Se trata de algo más complejo: estar presentes sin invadir, acompañar sin asfixiar y poner límites sin renunciar al diálogo.
A la escuela le corresponde educar para el uso responsable de la tecnología. Al Estado, proteger derechos. A las plataformas, asumir la responsabilidad que implica tener frente a ellas a millones de usuarios en proceso de formación. Y a las familias nos corresponde algo que ninguna ley puede hacer por nosotros: educar.
Enseñar a distinguir entre información y engaño, entre reconocimiento y necesidad de aprobación, entre una relación sana y una forma de violencia. Enseñarles, en suma, que no todo lo que aparece en una pantalla merece entrar también en su conciencia.
Quizá durante demasiado tiempo discutimos sobre el teléfono cuando debimos discutir sobre la educación que acompaña su uso. Porque el celular solamente es una puerta. Y detrás de esa puerta existe un mundo extraordinario, pero también uno capaz de influir silenciosamente en la manera en que nuestros niños y adolescentes se miran a sí mismos, miran a los demás y entienden la realidad.
Podemos cerrar esa puerta durante algunas horas en la escuela. Pero tarde o temprano volverá a abrirse. Y cuando eso ocurra, nuestros hijos necesitarán algo mucho más poderoso que una prohibición: necesitarán criterio para decidir qué dejar entrar.
Formar ese criterio, acompañarlos mientras crecen y tener el valor de estar presentes incluso cuando resulta más cómodo entregarles una pantalla y guardar silencio…
Eso es lo que verdaderamente importa.




